Mitos, leyendas, bulos y otras burradas.

Como parece que algunas historietas se han perdido en los pliegues del ciberuniverso, ahí va:

7 comentarios en “Mitos, leyendas, bulos y otras burradas.

  1. Me he tomado la libertad de hacer una selección de algunas de las perlas geniales que hemos soltado últimamente:

    * * * * * * * *

    …. le llamaban el legionario o algo así y la leyenda decía que lanzaba los cuchillos a la puerta de la cocina cuando estaba muy quemado.

    … nos arrestó a picar hielo y retirar nieve, un arresto muy curioso para nosotros, ya que era algo absurdo, todo alrededor estaba helado y nevado.

    … los cuchillos volaban por cocina que era un espectáculo verlo. De hecho yo aprendí a clavarlos en cocina.

    … la hija de p. abría los grifos de la cuadra girándolos con los dientes, mordía a las otras mulas para que cocearan a los guardias.

    … Seguro que esa cabra estaría mucho más tierna que la que nos comimos nosotros en el 81.

    … Lástima no recordar quién fue el pelacabras que me “atacó”.

    … Un saludo. PD. Por cierto nunca pelé una cabra.

    * * * * * * * *

    Viella, Viella, pero auténtico de Viella, cien por cien. Seguro que podemos encontar muchas más porque creo que hemos estado inspirados últimamente (ya nos iba haciendo falta). Es que no había otro cuartel igual ni lo habrá, vamos, pa’ haberlo vivido.
    Gracias a todos por el buen humor.

  2. Relato filosófico en el que se cuenta un instructivo recorrido por el medio Arán y una alegoría animal que se desarrolla en tres misteriosas visiones.

    Aquella mañana de 1982 el sol recién salido calentaba las cabezas de los pobres soldaditos en formación. A la izquierda de todos formaba el pelotón de los púas. Estaba este pelotón compuesto por los más gloriosos escaqueadores de la Compañía de Esquiadores Escaladores de Viella. Muchas marchas llevaban en sus lomos, pues desde que llegaron al cuartel no habían hecho otra cosa que andar y andar. Al frente de aquella disciplinada caterva se encuentra el cabo más bruto de todos los que han contemplado los reemplazos. Poco antes había tenido lugar una curiosa conversación.
    -Hoy no me da la gana ponerme a dar tripazos.
    -Pues vale. Tú vas y le dices al teniente que no te apetece y ya está. Verás la cara que te pone.
    -He dicho que no hago más instrucción. Me licencio la semana que viene y ya estoy harto de andar buscando enemigos que no existen.
    -Cuando pida voluntarios para ir de patrulla, apáñatelas para que elija a nuestro pelotón. ¿Qué te parece un día de campo?
    -Que si nos vamos de patrulla, el teniente nos las va a hacer pagar todas juntas. ¿O es que te crees que es tonto?.
    -Tú eres el cabo y elijes. Haz lo que te parezca.
    Poco después, mientras la tropa forma para la instrucción diaria el cabo del pelotón elegido para la patrulla recibe las órdenes de su teniente.
    -Me ha dicho que cojamos una radio y que nos marchemos al puente sobre el río en Escuñau.
    -Por lo menos no nos ha dicho que subamos a ningún pico. Me parece muy cerca. ¿Lo has oído bien?
    Toman la radio y cargan el equipo.
    Una luz irreal envuelve el ambiente mientras salen del cuartel. Allí les habla la zorra prisionera: “Soldaditos presumidos, monstruos de dos patas, ¿qué os creéis? Yo soy más libre que vosotros porque no tengo que preocuparme de llenar la panza todos los días. Yo me río. Allá os espera dura piedra y hierba verde. Tragad polvo en el camino mientras yo me hago un ovillo y duermo en mi cubil. Andad, andad. Marchad, marchad, que antes de lo que pensáis volveréis”.
    -Este bicho me pone nervioso. Si pudiera la soltaría.
    -¡Hala! No te comas el coco y tira.
    El acero del fusil acaricia las costillas. Nadie habla. El músculo se tensa y todos tiran y tiran. Pronto llegan al puente en Escuñau. Bonito pueblo.
    Me ha pedido que hagamos una transmisión desde aquí. -¡A la orden mi teniente! ….si… si…. a la orden.
    -¿Qué te ha dicho?
    -Que la próxima transmisión la hagamos desde Vilac.
    Nadie dijo una palabrota que otros no hubieran dicho antes.
    -Lo que más me fastidia es que tenemos que pasar otra vez por la puerta del cuartel.
    De nuevo cargan el equipo. Otra vez el acero de los fusiles acaricia las sufridas costillas de los soldados. Cada uno mira las botas del que va delante. Silencio, fuerza y sudor. Paso a paso ya estamos en Vilac. Bonito pueblo. ¡Qué vistas del Valle! ¡Qué bosque allí en frente!
    Comienza la transmisión: -¡A la orden mi teniente! ….si… si…. a la orden.
    -¿Y ahora qué?
    -Ahora nos vamos a la boca norte del túnel. A las dos de la tarde nos llevan allí la comida.
    -Vamos ya, que me muero de hambre. Vamos a acabar reventados, pero por lo menos no tenemos que pensar.
    -Lo mejor es que hoy no hemos hecho instrucción. ¿Os está gustando el paseo por el valle?
    Nadie dijo una palabrota más original que otra, que ya estaba todo dicho. Avanza el pelotón de nuevo. Más acero en las costillas. Paso a paso, bota a bota, los que no querían instrucción se instruyen, los que no querían pensar piensan y piensan. Allá en la verde pradera junto a la boca norte del túnel que comunica el valle con el resto de la civilización destaca la cruz roja sobre la capota de una ambulancia que parece sacada de una película de la segunda guerra mundial.
    -Mira, nos han venido a buscar con la ambulancia. ¿Es que se pensaban que íbamos a estar derrotados? El conductor reparte bolsas con bocadillos y se va.
    Una nube tenue envuelve el sol en un halo de misterio. Desde lo alto de un pino cercano habla el negro cuervo de las nieves.
    “Soldaditos presumidos, criaturas de dos patas. Ahí fuera os espera la vida. Frío hielo, blanca nieve. Penas y cuitas. ¿No os lo ha dicho ya la zorra? No lo podéis comprender porque sois unos monstruos ignorantes. Antes de lo que imagináis os consumirá la añoranza. ¡Gruak… gruak… gruak…!”
    -!Maldito cuervo! ¡Ya se podía callar! Vámonos para el cuartel. No ha sido un mal día. No hemos tenido instrucción, nos han dejado en paz y no hemos hecho nada. Ya podían ser todos los días igual.
    -Hoy es viernes. En cuanto pasemos revista cojo las de Villadiego y me voy de marcha por el pueblo. Voy a arrasar todos los bares que vea. El paseo de hoy me ha dejado seco el gaznate.

    Pasó la semana y se licenciaron los soldados. Otros los fueron reemplazando año tras año, y allá todos vivieron dura piedra, hierba verde, blanca nieve y frío hielo, ensalada de acero de fusil sobre las costillas y polvo en el camino. También pasaron los años y los lustros y nuestro cabo se volvió un hombre pellejudo. Estamos en la era cibernética. Sus dedos torpes, gruesos como salchichones golpean el plástico de la interfaz humana en la computadora doméstica.
    -Esto de internet es terrible. Me está salvando de otra noche de insomnio. Da lo mismo lo que busques, al final encuentras un caudal de información apabullante. Y entonces se le ocurre una cosa: Vamos a ver qué aparece por internet sobre el pueblo donde hice la mili … Viella …. ¡Qué bonito! … ¡Qué días! ¡Quién le echara el guante a aquellos tiempos!
    El ambiente se torna mágico. En cualquier lugar donde demonios quiera que estén, los cuernos del chivo mascota de la Compañía de E.E. resucitan y se manifiestan a nuestro cabo pellejudo, como invocados por un conjuro, y le hablan con voz profunda y misteriosa.
    -Cabo pellejudo. Somos los cuernos del chivo de la Compañía de Viella que hemos resucitado donde demonios quiera que estemos. ¿No te acuerdas que ya te lo habían dicho la zorra y el cuervo? Todo estaba escrito. ¡Beeeee!. Ya sabes quien eres y por qué. Ahí está la respuesta a las preguntas que te han atormentado todos estos años. ¡¡¡¡Beeeee!!!!
    Y en aquella pantalla luminosa de la era cibernética se leía con letras rotundas “Bienvenidos al lugar de los Esquiadores Escaladores de Viella”. El círculo mágico se ha cerrado.

    NOTAS NO ACLARATORIAS:

    -Púa: Soldado taimado y caradura. Cualquier púa es un verdadero superviviente.
    -Escaqueador: ¡Vamos, hombre, no me digas que no sabes lo que es un escaqueador! ¿De qué planeta dices que vienes?
    -Tripazos: El nombre que daba la tropa a la instrucción del orden de combate. Se reptaba mucho. También se buscaba a un enemigo que siempre estaba a nuestras espaldas. Hicieras lo que hicieras, ese enemigo a la espalda siempre estaba detrás de tí, de modo que nunca podías verlo por mucho que te dieras la vuelta. Esto me parece que tiene algo que ver con un cuento de Borges.
    -Patrullas: De vez en cuando salía del cuartel un pelotón solo a hacer ejercicios de orientación, para aprender a manejar los mapas, o bien para ensayar transmisiones con la radio. Eran días maravillosos porque había menos probabilidad de que te arrestaran e ibas a tu aire.
    -La zorra. A la entrada del cuartel había una zorra prisionera. Era todo un símbolo y uno de los bichos más queridos por la soldadesca. Su triste historia es toda una alegoría de carácter moralizante.
    -La ambulancia: En la compañía prestaba servicio una ambulancia viejísima. Tenía pintada en la capota una rotunda cruz roja sobre fondo blanco. Se usaba para todo menos de ambulancia.
    -Los cuernos del chivo: Sí, habéis leído bien. En el relato no resucita el chivo, mascota de la Compañía en los desfiles, sino los cuernos y sólo los cuernos, que son su parte significativa, donde demonios quiera que estén.
    -El recorrido turístico por el Medio Arán: No le deis vueltas, ni echéis cuentas con los kilómetros, ni con las horas, ni con los mapas. El recorrido que se supone que hizo el pelotón en algo más de una mañana es inventado, como todo en el relato, nunca se hizo y no se puede hacer. Pido disculpas por ello.

  3. En conmemoración del aterrizaje de un nuevo compañero, ahí pongo un relato filosófico que escribí hace meses y que ya está puesto en la página wev, pero como este blog es el padre y la madre de todas las batallas de los vejestorios de Viella, no puede pasar un día más sin que esté colgado en esta sección. Así que ahí va.

  4. Y también falta otro relato antológico de Ignacio Teixidó sobre un pobre currelante del teclado, cuya actividad le lleva a la fiebre, a la desesperación y a la muerte.

    1. Por lo menos faltan otros dos relatos cojonudos sobre lo mismo, que yo recuerde: uno de Pino y otro de Pepe Castillo. Estaban en la misma página que no sé por qué se borró y se perdieron. Este lo recuperé de casualidad. Los pondremos con las obras perdidas de Aristóteles y alguna otra cosilla.

  5. Hay una leyenda muy bonita que me ha venido ahora a la cabeza y os la voy a contar, por si acaso no os la sabéis. Ahí va.
    Mucho tiempo después de que se licenciara Eloy, durante la Segunda Edad de Hierro de la Compañía, hubo un turuta singular. El buen turuta hacía la mili, como todos. El chaval era muy majo, pero tenía un no sé qué espiritual que le hacía algo diferente de los demás. Su vida transcurría anodina, hora tras hora, llevando a cabo su misión de dar los toques reglamentarios con precisión legionaria; ahora díana, luego llamada, fagina, arrestados, silencio. Nada parecía que iba a poder turbar aquella ordenada vida de llaga de Viella. El turuta no era amigo de salir, pero un buen día los compañeros le convencieron para que se fuese con ellos de marcha a la discoteca de Les. La discoteca no tenía nada de particular. Una copa por aquí, otra copa por allá, la velada transcurría despreocupadamente. Después de dar las doce, tal y como si una lechuza hubiese extendido unas alas de misterio sobre la negritud de la noche vió por primera vez a aquella mujer. Era una joven deslumbrante, amable, ardiente, un sueño. Pronto comprendieron que se amaban y desde ese momento cambió la vida del chaval. Su existencia en el cuartel dejó de ser un sufrimiento. Los toques seguían sonando a la hora matemática, pero tenían un encanto nuevo que embelesaba hasta al más feroz de los sargentos. Incluso los arrestados acudían con más presteza y alegría a ejecutar sus trabajos voluntarios en beneficio de la tropa. Vivía el turuta en un blando sueño, y no dejaba de morir hasta que no llegaba el momento de abandonar el falansterio, y durante unas breves horas, caía en brazos de su amada. Fueron los meses más felices del chaval, pues él y la mujer mágica se habían jurado amor eterno. Mas como comprenderéis, poco duró la alegría de nuestro amigo. Todo tiene un fin, y la hora en la que le entregaron la blanca llegó. Se puso tan contento cuando cogió la cartilla militar, que dió un respingo y se encaramó al primer autobús que partía para la civilización, sin haberse despedido siquiera de su amada, rompiendo así la promesa de amor. Una aguja de hielo, como caída de un tejado en una noche de ola polar traspasó el morrillo del turuta cuando se acordó de su pobre novia, seducida y abandonada, como se abandona el hueso de una aceituna al borde de un plato de ensalada. Y ella estaba allí, como un espíritu flotando sobre el suelo en mitad de pasillo del autobús, camino de Pont de Suert. Y le acusaba con dedo acusador, y le inquiría con saña inquisidora: Tú, tú, tú, turuta traidor, que pronto has olvidado tus juramentos de amor, has de saber que soy el Hada de la Baricauba, so mamón, que habías sido elegido entre muchos miles de soldados para pasar una media eternidad conmigo y que te acabas de perder una existencia de puta madre en los mágicos rincones del bosque, donde los duendes moran felices desde siempre, gozando de los embrujos de la naturaleza. Pero la cosa no acaba ahí; por haberme despreciado, ahora mismo serás fulminado, y tu espíritu vagará por las dependencias cuarteleras como alma en pena, desde ahora hasta que no quede ni un solo árbol en el bosque. He dicho. Y el pobre turuta desapareció sin que nadie lo haya vuelto a ver. A tomar por culo. Dicen los cincuentones del lugar, que en las noches de invierno se oye sonar la corneta como un lamento transportado por el viento frío que raja los dientes como el torno del dentista, y allí, junto al río Garona, el turuta condenado a turutear, sopla y sopla hasta que se agoten los árboles del bosque. Y dicen que también suena la risa del Hada de la Baricauba, que ulula como un huracán arrastrando las hojas amarillas, ora amontonándolas, ora arremolinándolas en un infinito trobellino, mientras suena y suena la turuta, y la risa que parece que canta, y el viento que parece que dice: sooooommmaaaammmóoonnnn….!!!!!!!

    La historia del turuta condenado es mentira, pero si no os la creéis, preguntadle a Anadón, que se sabe alguna que sí que es verdad. ¡Brrrr…. qué miedo!.

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