El valle de Arán en la época de Pedro II de Aragón.

EL REY DON PEDRO II EL CATÓLICO (1196-1213).- El infante don Pedro, uno de los nueve hijos que tuvieron el rey Alfonso II el Casto y su esposa doña Sancha de Castilla, sucedió en 1196 a su padre como Pedro II el Católico, rey de Aragón y conde de Barcelona, Gerona, Osona, Besalú, Pallars-Jussá, Ribagorza, Cerdaña y Rosellón. En febrero de 1204, sería coronado como rey de Aragón por el Papa Inocencio III en la basílica de San pancracio de Roma, siendo ésta la primera vez en que un Pontífice coronaba y ungía a un rey de Aragón. Y fue también, a partir de este momento, cuando la corona empezó a ser ya utilizada por los monarcas aragoneses como signo de su realeza y su imagen empezó a aparecer en las monedas y sellos de la época. Luego, en junio de 1205, el mismo Papa dictaría una bula en la que ordenaba que todos los reyes, e incluso las reinas, de la Corona de Aragón se coronasen en la Seo de Zaragoza, siendo el oficiante el arzobispo de Tarragona.

 

EL VALLE DE ARÁN Y PEDRO II.- Pedro II concedió la bailía (1) de Garós y todo su entorno a un tal Portolá dera Mòga, algún importante personaje de la región del Valle de Arán. Luego, con posterioridad, deshaciendo posiblemente el agravio que en su día realizara su padre al privar de la concesión del Valle a la hija del conde Bernard IV de Comminges, volvió a ceder el Valle de Arán con todos sus hombres, campos de cultivo y rentas al conde Bernard IV en el año 1201. El conde de Comminges, así como sus sucesores, se convirtieron en vasallos y feudatarios del propio monarca aragonés por el Valle de Arán y por el condado de Comminges. La supremacía del reino de Aragón en los condados de la vertiente atlántica de los Pirineos centrales volvía a ser manifiesta tras esta nueva cesión del Valle de Arán que, como apetecible territorio que era, se había convertido ya en pieza de cambio importantísima, estratégicamente hablando, utilizándolo de forma continua para conseguir alianzas políticas. No obstante, la soberanía sobre el Valle volvería a recaer bajo la jurisdicción del rey Pedro II en el año 1204 al contraer éste matrimonio con Marie de Montpellier. Marie, hija de Guillaume VIII, señor de Montpellier, antes de casarse con el monarca aragonés había sido esposa, en segundas nupcias, del propio conde Bernard IV de Comminges, con quien se había casado en 1197. Bernard IV la repudiaría más adelante, según se desprende de una bula del Papa Inocencio III, fechada en diciembre de 1201, en la que informaba del asunto a los obispos de Narbona y Comminges.

El contrato matrimonial entre el rey Pedro de Aragón y Marie de Montpellier se firmó en 1204, y el Valle de Arán, que por derecho matrimonial, había recaído en manos de Marie, volvió nuevamente a ser recuperado por el monarca aragonés. Como legítima heredera del señorío de Montpellier, Marie lo donó a su esposo el rey de Aragón, según un documento fechado en el año 1205, con lo que estos territorios se añadieron a la corona. Pedro II y su esposa mantuvieron, no obstante, un matrimonio lleno de disputas y antipatías personales que estuvo a punto de provocar una grave crisis sucesoria. De hecho, la reina vivía en Montpellier, alejada de su esposo, y el rey intentó conseguir la anulación del matrimonio, cosa que el Papa Inocencio III no admitió de ninguna de las maneras. Finalmente, del matrimonio entre ambos cónyuges nacerían la infanta doña Sancha de Aragón, quien se casaría con Raymond VII de Toulouse, y el infante don Jaime, el futuro Jaime I el Conquistador, que nació en febrero de 1208 y cuya protección su madre encomendó, en una primera instancia, a los caballeros del Temple.

POLÍTICA PENINSULAR DE PEDRO II.- Las relaciones diplomáticas entre los reinos de Castilla y de Aragón, habían entrado hacia finales de siglo en una fase de claro distanciamiento que llevó a la corona aragonesa a intentar una aproximación a los reinos de Navarra, León y Portugal. Pero tras el desastre de Alarcos (1195), ante el temor a la fuerza militar de los almohades, las dos coronas volverían a unir sus esfuerzos reconquistadores, no solo contra los musulmanes sino también contra los navarros, cuyo reino se encontraba ubicado en una especie de tierra de nadie. Pero todas las desavenencias surgidas entre los reinos cristianos del norte peninsular, pronto se disiparon ante el nuevo frente cristiano común que se creó contra el imperio almohade. Tanto el reino de Navarra, con la aportación de doscientos caballeros, como el de Aragón tomaron parte muy activa al lado del rey castellano en la Batalla de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en el verano de 1212.

A medida que la decadencia del imperio almorávide se iba haciendo cada vez más patente, otro grupo de bereberes, éste procedente de la tribu de los masnuda, naturales del sur de la cordillera del Atlas, iba adquiriendo preponderancia en el norte de África. Este grupo, dirigido por Ibn Tûmar, un reformista religioso que abogaba por el monoteísmo, la unicidad del dogma (de ahí el nombre de al-mohade) o la austeridad en los gustos, se rebeló hacia 1122 contra la autoridad de los almorávides, hasta que en 1143 consiguieron apoderarse de gran parte del territorio almorávide. En un principio, establecieron la capital en Tinmal y en 1147 ocuparon Marrakûs. En Al-Andalus, las revueltas y los disturbios contra el poder almorávide no se hicieron esperar y los monarcas cristianos supieron sacar provecho de esta confusa situación. Dio aquí comienzo un nuevo período de fragmentación territorial de Al-Andalus, al que los historiadores llaman los Segundos Reinos de Taifas, y que duró unos treinta años más.

En Al-Andalus surgieron nuevos jefes musulmanes que pretendieron crear nuevos estados, sobre todo en Córdoba y en Málaga. El avance almohade fue lento: Sevilla fue conquistada en 1147, Córdoba en 1149, Badajoz en 1150 y el sur del actual Portugal en 1151. Sin embargo, el este de la península no lograron someterlo. En Valencia, un jefe musulmán de ascendencia cristiana (Ibn Mardanis) extendió sus posesiones hacia el sur y se convirtió en un serio obstáculo para los almohades. Más al norte, el reino de Aragón, a cuyo frente estaba ya el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, con la ayuda de la Orden Militar del Temple, se apoderó de Tortosa (1148) y de Lérida (1149). Pero los almohades continuaron siendo tenaces y convirtieron a Córdoba en una ciudad consagrada al estudio y a Sevilla en una esplendorosa residencia a la que dotaron de innumerables edificios religiosos y civiles. En julio de 1195 se produjo la Batalla de Alarcos, un castillo construido encima de un cerro de unos cien metros de alto, situado al sur de Toledo, en plena meseta inferior. En ella, el ejército almohade al mando del califa Abu Yusuf al-Mansur, más conocido como Yusuf II (1184-1199), consiguió una aplastante victoria frente a las tropas de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) y prosiguió su avance hacia Guadalajara, aunque los castellanos pudieron conservar Toledo y Cuenca.

La batalla de las Navas de Tolosa -o, simplemente, La Batalla- fue el principio del fin de la hegemonía musulmana en la península Ibérica.

LAS NAVAS DE TOLOSA.-

En el mundo cristiano parecía como si, tras la victoria de los musulmanes almohades, el Islam hubiera recuperado su fuerza ofensiva de antaño por tierras ibéricas. De hecho, en los años siguientes, las tropas almohades saquearon amplias zonas del valle del Tajo, la Mancha y Extremadura y, crecidos moralmente con aquella victoria, extendieron su poder hasta las Baleares, que estaban en manos de la dinastía almorávide de los Banu Ganiya y dedicados de lleno a la piratería por todo el Mediterráneo occidental. Sin tener apenas capacidad de reacción tras el desastre de Alarcos, Alfonso VIII de Castilla se ganó la simpatía del nuevo arzobispo de Toledo, don Rodrigo Giménez de Rada. Éste último, ante la elevada probabilidad de que los almohades pudieran finalmente cruzar la frontera natural que suponían los Montes de Toledo y tomar la ciudad, consiguió remover la indignación religiosa que produjo la victoria musulmana en Alarcos y consiguió del Papa Inocencio III (1198-1216) la proclamación de una Cruzada. Alfonso, por su parte, espoleado por el apoyo del Papa y de otros obispos francos, consiguió atraerse a los reyes de Aragón y de Portugal.

En la primavera del año 1212, grandes contingentes de caballeros francos y de las Órdenes del Temple, de Calatrava, de Santiago y de Malta comenzaron a concentrarse en la ciudad de Toledo y, poco después, ya con los ejércitos de los reinos de Castilla, Aragón y Portugal (Navarra se incorporaría algo más tarde), todos ellos al mando del rey castellano, comenzaron a movilizarse en dirección sur. Los almohades, en previsión del ataque, habían concentrado sus fuerzas al norte de la actual Andalucía, al abrigo de Sierra Morena y habían logrado reunir un poderoso ejército. Éste lo formaban unos 120.000 hombres, entre la propia caballería almohade procedente del noroeste de África, voluntarios andalusíes, arqueros turcos (los Agzaz) y un contingente de soldados fanáticos procedentes del Senegal (la llamada Guardia Negra del califa).

El califa almohade Muhammad al-Nasir (1199-1213), que había avanzado hasta Jaén, decidió cortar el paso a la coalición cristiana en las proximidades de la actual población de las Navas de Tolosa (población que fue fundada en el siglo XVIII por el rey Carlos III), una zona árida de llanura situada en el actual término municipal de La Carolina, en la provincia de Jaén. Las tropas cristianas, tras un primer momento de graves adversidades, como fue la deserción en bloque de casi todos los voluntarios ultramontanos, se dirigieron hacia los llanos de la Losa, al encuentro de los musulmanes. Tras las escaramuzas de los dos o tres primeros días, la batalla final se libró en pleno mes de julio y se saldó con la victoria absoluta de los ejércitos cristianos, que significó el inicio del definitivo declive musulmán en la península Ibérica. La Batalla de las Navas de Tolosa, a la que las fuentes árabes denominaron la Batalla de “Al-Uqab”, es una de las más famosas de todos los tiempos, especialmente para el mundo cristiano. De hecho, las fuentes cristianas de la época la denominaron, simplemente, “La Batalla”.

Durante dos decenios más, los almohades mantendrían un poder cada vez más precario en Al-Andalus, mientras que un problema sucesorio en el reino de Castilla y las dificultades internas de la Corona de Aragón aplazaron las labores de la Reconquista hasta el año 1225. Además, el imperio almohade, también inmerso en graves luchas intestinas, comenzaba a dar síntomas de flaqueza. En Al-Andalus se inició otra nueva etapa de fragmentación política en otros reinos musulmanes, los Terceros Reinos de Taifas, y, a partir del año 1225, Fernando III el Santo de Castilla (1217-1252) y Jaime I el Conquistador de Aragón (1213-1276), convertidos ambos en los jefes de los principales reinos peninsulares del momento, organizaron, mano a mano, una auténtica reconquista de aquellos territorios cristianos que habían sido perdidos muchos siglos atrás.

El triste episodio de la matanza de Montségur en marzo de 1245, marca casi el final de las sangrientas guerras contra los cátaros. En la foto, la fatídica fortaleza de Montségur, al suroeste de Carcassonne.

LAS GUERRA CÁTARAS DEL SUR DE FRANCIA.-

Durante los siglos XI y XII, la secta de los Cátaros, a la que se acusó de herejía, se expandió por varias zonas de Europa y el rey Pedro II se vio envuelto en los gravísimos incidentes que acaecieron en la zona del actual Midi francés como consecuencia de la Cruzada organizada contra aquellos. El propio Pedro II, que lucharía al lado de los herejes para defender a su vasallo el conde de Toulouse, encontraría la muerte en una encarnizada batalla contra el cruzado Simon de Monfort cerca de la población de Muret, actual comuna francesa del departamento del Hâute Garonne, en el Midi. Durante estos siglos, y en una época en la que la Iglesia se hallaba completamente imbuida de las reglas monásticas del ascetismo cisterciense, por toda Europa se habían desarrollado una serie de nuevas doctrinas religiosas a las que se les designó genéricamente como herejías, en cuanto a que eran formas “libres” de entender el dogma cristiano. Con anterioridad, todas las herejías que habían surgido en el Oriente bizantino durante la Alta Edad Media habían tenido escasa repercusión en Occidente -excepción hecha del arrianismo, que trajeron los pueblos germánicos-, y las propiamente dichas herejías occidentales habían sido siempre erradicadas sin mayores problemas. Pero la proliferación de tantos “errores” doctrinales durante estos años alarmaba poderosamente a la Iglesia.

Pero de todas las herejías surgidas a lo largo de esta Plena Edad Media, el catarismo fue la herejía por antonomasia, pues fue la que mayor arraigo popular tuvo. Su zona de actuación fue el sur de Francia y a sus seguidores, en las fuentes literarias de la época, se les designaba de diferentes maneras: maniqueos, albigenses, cátaros o, simplemente, herejes. La palabra “Cátaros” proviene del griego Katharos que significa “puro”, puesto que era una doctrina que despreciaba todo tipo de placeres terrenales. La doctrina principal del catarismo derivaba del Dualismo, que era una filosofía que concebía el mundo como un mero enfrentamiento entre el principio del Bien y el del Mal. Aunque el dualismo como tal no era nada novedoso, pues ya se había desarrollado en otras épocas anteriores, la principal novedad de este asunto era la gran aceptación que estaba teniendo por las zonas de Albi, Toulouse, Carcassonne, Narbona, etc…, es decir, por todo el Languedoc, una zona sobre la que el reino de Aragón mantenía una gran influencia y muchos intereses.

Por todos los castillos y ciudades el sur de la actual Francia fueron surgiendo numerosos focos propagadores de la nueva moral que entraba en competencia directa con la moral  ortodoxa de la Iglesia. Los cátaros o albigenses más radicales pensaban que Satán y Dios eran dos deidades opuestas que habían creado, respectivamente, el mundo de la materia y el del espíritu. La materia era el principio del Mal, y el hombre, alienado por ella, debía someterse al más estricto ascetismo para lograr la comunión con Dios. Comerciantes, médicos, clérigos, artistas…, sintieron atracción por el modelo de perfección moral que se recogía en la doctrina del catarismo y, poco a poco, esta doctrina fue calando en los estratos más desfavorecidos de la población. Finalmente, la nobleza, quizá como un intento de frenar la influencia política y económica de los monasterios y de los prelados de toda la región, se sumó al catarismo. Los cátaros crearon una organización nueva y distinta a la del clero católico y aparecieron los perfectos, que era la minoría dirigente que trataba de encuadrar a los creyentes. Los perfectos practicaban el ayuno y el celibato y no comían carne. Aceptaban el Nuevo Testamento pero ponían objeciones al Antiguo. Y combatían la doctrina ortodoxa de la Encarnación (la divinidad de Cristo) con el argumento de que era imposible que Dios, que era el principio del Bien, se hubiera encarnado o convertido en algo material y, por ello, consideraban a Jesús, simplemente, como un Ángel bueno y no como el Hijo de Dios. En el año 1167 se celebró un concilio cátaro en la iglesia de San Félix de Caraman, situada en la región del Lauragais, al este de Toulouse, y allí se procedió a dividir el sur de Francia en cuatro diócesis; Agen, Albi, Carcassonne y Toulouse. Para Roma, esto fue la gota que hizo desbordar el vaso, porque el catarismo no era sólo una reforma, sino que se había convertido ya en una Iglesia alternativa con importantes ramificaciones, principalmente en la zona de los condados del sur de Francia.

El pontificado tardó mucho en reaccionar frente a los cátaros y las primeras medidas que se tomaron resultaron infructuosas. Pero en enero de 1198 murió el Papa Celestino III y el Cardenal Lotario de Conti fue elegido Papa con el nombre de Inocencio III (1198-1216), el cual accedió al trono pontificio con una amplia tarea que realizar. Con el nuevo Papa todas las medidas se intensificaron. Inocencio III era el verdadero paradigma del ascetismo cisterciense que predominaba en toda Europa desde aproximadamente el Año Mil, en que las reglas de la orden religiosa del Císter triunfaron en detrimento de las de la ancestral orden de Cluny. Inocencio III, que redactó el “De contemplu mundi”, una cruda reflexión sobre las miserias humanas, consideraba que “era preferible la acción a la contemplación” y su teoría político-religiosa, con grandes dosis de pragmatismo, se fue extendiendo por todas las iglesias europeas. Y contra la heterodoxia y el Islam fue sencillamente implacable utilizando la cruzada como un medio letal para doblegar a sus enemigos: Cuarta Cruzada (1202-1204), Navas de Tolosa (1212). Y en 1213, en el Mediodía francés, los cátaros fueron literalmente masacrados.

Terminada la Cuarta Cruzada, Inocencio III envió a Arnauld-Amaury, abad del monasterio cisterciense de Citeaux, a la zona del Languedoc para investigar acerca del catarismo, así como a Domingo de Guzmán, quien fundaría más adelante la Orden de los Dominicos. Tanto Arnauld como Domingo consiguieron convertir al verdadero dogma a unos cuantos infieles, pero el resultado fue peor que el esperado, y la Iglesia declaró herejes a los cátaros. El Papa pidió también ayuda al rey Philippe II Auguste (2) para tratar de que éste obligara a algunos señores locales a hacer que sus súbditos abandonaran la práctica de la fe herética, pero el rey franco, inmerso en otros asuntos con el condado de Flandes y el Sacro Imperio, y rehusó prestarle apoyo. Posteriormente, envió a otros varios monjes cistercienses para predicar y discutir con los cátaros acerca de la verdadera fe. Como nuevos legados pontificios envió a Pierre de Castelnau y Raoul Ranier, a los cuales dio plenos poderes para detener la herejía cátara. Éstos llegaron, incluso, a suspender de sus santos oficios a los obispos de Toulouse, Béziers y Vivers. Castelnau, por su parte, exigió al conde Raymond VI de Toulouse que liderara una fuerza militar contra los nobles locales que secundaban la herejía, pero el conde se negó en redondo a usar las armas contra su propia gente. Castelnau pidió entonces su excomunión y el Papa la ratificó en mayo de 1207. En junio, Raymond de Toulouse se reunió con Castelnau en la abadía de Saint-Giles-du-Gard, en las proximidades de Nîmes y, allí, dialogaron e intercambiaron impresiones acerca de la herejía y de la fe católica. Y al día siguiente, saliendo de la ciudad, Castelnau fue asesinado, tal vez, por orden del conde de Toulouse. El Papa Inocencio III, ante el asesinato de su legado, reaccionó de inmediato dictando una bula en la que proclamaba la Cruzada contra los cátaros y ofrecía indulgencias para quienes se sumaran a la misma, así como la posibilidad de obtener las tierras que les fueran requisadas a los herejes. Esta última oferta provocó un efecto llamada, y muchos nobles personajes del norte de Francia, como fue el caso del cruzado Simon de Monfort, se aprestaron a unirse al grupo de caballeros que el Papa convocó en la ciudad de Lyon en junio del año 1209.

SIMON DE MONFORT.- Simon de Monfort era el segundo hijo de Simon III, conde de Evraux y señor de Montfort-l’Amaury, y su esposa Amice, hija  del conde de Leicester. Confiscados a sus ascendientes todos los territorios que poseían en Inglaterra como consecuencia de la Revuelta de 1173-1174, Simon se casó en 1190 con Alix de Montmorency y en 1202 se unió a la Cuarta Cruzada. En cuanto él y otros caballeros francos se dieron cuenta de que la Cruzada estaba cambiando de rumbo, se retiraron de ella y, a través del reino de Hungría, regresaron a sus hogares. Poco tiempo después, a la muerte del hermano de su madre, a la sazón conde de Leicester, Simon reclamó el condado de Leicester que, por derecho, correspondía a su madre Amice y a él mismo. La repartición del condado se hizo efectiva a comienzos de 1207 pero, en febrero del mismo año, el rey John I (3) tomó posesión de dichos territorios y les confiscó sus propiedades. Como las únicas tierras que había heredado sin perjuicio de perderlas eran las del señorío de Montfort-l’Amaury, en Normandía, Simon permaneció en Francia hasta que en 1209 fue nombrado jefe del ejército cruzado contra los cátaros. En un principio, declinó la oferta, pero la presión a la que le sometió el legado del Papa, Arnauld-Amaury y la tentadora oferta de poder obtener nuevos señoríos en el sur de Francia, le hicieron reconsiderar su postura y aceptó.

En verano de 1209, el ejército cruzado partió de Lyon a lo largo del Ródano hacia las tierras de Provenza con Simon de Montfort a la cabeza. También formaban parte del mismo el duque de Borgoña, los condes de Nevers y Saint-Pol, el senescal de Anjou y otros muchos nobles personajes, así como el legado Arnauld-Amaury, quien se unió a la expedición con posterioridad. El conde de Toulouse, Raymond VI, sobre quien pesaba una dolorosa excomunión, aceptó también participar en la cruzada, no sin antes humillarse públicamente delante del ejército de los cruzados, y el Papa revocó su excomunión. El ejército cruzado se adentró en el mes de julio en los territorios de Raymond Roger Trencavel, vizconde de Albi, Béziers, Carcassonne y Razés, y sobrino de Raymond VI.  Trencavel intentó reunirse con Arnauld-Amaury en Montpellier, pero éste último rechazó la oferta negociadora y Trencavel marchó a Carcassonne para organizar sus defensas. La ciudad de Béziers fue ocupada e incendiada en su totalidad, y los cruzados dieron muerte a casi todos sus habitantes, que se habían refugiado en la iglesia de Santa Magdalena, sin pararse siquiera a pensar si eran católicos o cátaros.

La bella ciudad de Carcassonne.

CARCASSONNE Y TOULOUSE.-

Al mes siguiente, los cruzados llegaron a Carcassonne. La ciudad, a los pies del río Aude, estaba aparentemente bien fortificada con sus murallas y su treintena de torreones defensivos, pero tenía como punto débil su acceso al río. La ciudad fue sitiada y atacada con todo tipo de catapultas y máquinas artilleras. Pedro II de Aragón, protector del propio Trencavel, se personó en Carcassonne para tratar de llegar a un acuerdo amistoso con Arnauld-Amaury y detener el asedio de la ciudad amiga. Pero el legado del Papa lo rechazó y Pedro II se marchó con una enorme contrariedad. Los ataques por parte de los cruzados continuaron hasta que el hambre y la sed de los habitantes de la ciudad obligaron a Trencavel a negociar la rendición. En agosto de 1209, Trencavel fue hecho prisionero y los habitantes de Carcassonne, si bien no fueron masacrados, fueron expulsados totalmente desnudos de la ciudad, según recogen las fuentes, para no llevarse con ellos, “nada más que sus propios pecados”. Trencavel, encerrado en una de sus prisiones, murió unos meses más tarde y, en su lugar, el legado del Papa instaló a Simon de Montfort, que se hizo también cargo del gobierno de Albi, Béziers y Razés. Durante el resto del año continuó habiendo revueltas en otras ciudades cátaras y Simon de Montfort tomó el control de varias de ellas. Incluso atacó las tierras del conde Foix.

En el invierno del año siguiente (1210), Arnauld-Amaury se convirtió en obispo de la ciudad portuaria de Narbonne, ciudad que pertenecía al conde de Toulouse. Narbonne, en consecuencia se convirtió en puerta de entrada de cruzados y de suministros, que llegaban desde todos los rincones de Francia y Europa. Bien pertrechados a partir de ahora, los cruzados pudieron capturar varias ciudades, tales como Bram, Minerva (donde fueron quemados vivos en la hoguera numerosos cátaros) y Termes (que cayó en el mes de diciembre, tras un larguísimo asedio).

A comienzos de 1211, Simon de Montfort estaba preparado para atacar Toulouse. Arnauld-Amaury acusó de herejes a varias personalidades de la ciudad e instó a Raymond VI a perseguirlos. Éste se negó y, de nuevo, fue excomulgado por orden del legado pontificio. El rey de Aragón estuvo presente en la ciudad cuando a Raymond le fue lanzado el ultimátum y presentó sus quejas ante el legado mostrando su disconformidad por las acciones que, desde el primer momento, habían llevado a cabo los ejércitos cruzados contra los habitantes del sur de Francia. Raymond VI se sintió fortalecido por el apoyo recibido de parte de Pedro II y comenzó a organizar una coalición con los condes de Foix y Comminges, Raymond Roger y Bernard IV, respectivamente, contra el poderoso de Montfort, a quien se habían unido grandes contingentes de guerreros germánicos. El propio conde de Foix pudo repeler un ataque de los mismos durante los meses de invierno, pero hacia el verano, reforzado con los cruzados del norte de Europa, Simon de Montfort comenzó a asediar Toulouse. La ciudad, no obstante, estaba bien fortificada y muy bien defendida con los refuerzos enviados desde Foix y Comminges, y de Montfort tuvo que abandonar el asedio. En otoño, Raymond VI contraatacó poniendo sitio a la ciudad de Castelnaudary, donde se hallaba de Montfort. De Montfort se encontraba bastante debilitado para estas fechas debido a que gran parte de sus soldados habían abandonado la cruzada al no considerarla demasiado rentable y tenían las miras puestas en la guerra que se iba a librar contra los musulmanes en Al-Andalus, contra los cuales el Papa Inocencio III había proclamado otra cruzada. Un ataque contra Castelnaudary realizado por las fuerzas del conde de Foix fue, sin embargo, repelido por Simon y sus tropas, quienes finalmente consiguieron abandonar la ciudad. Raymond VI tomó Castelnaudary y, tras ella, otras muchas fortalezas próximas que estaban en manos de los cruzados.

MUERTE DE PEDRO II.- Durante todo el año 1212 las hostilidades entre de Montfort y Raymond VI se redujeron a simples ataques por sorpresa contra la ciudad de Toulouse que no tuvieron mayores consecuencias. De Montfort se dedicó, prácticamente durante todo el año, a rearmar a sus tropas y a intentar acoger a nuevos contingentes de soldados cruzados. Los condes de Toulouse, Foix y Comminges, por su parte, se dedicaron a reorganizar sus defensas y a pedir apoyo al rey de Aragón, el cual se encontraba, hacia la primavera, en plena campaña contra los almohades. Concluida la misma con la batalla de las Navas de Tolosa (julio de 1212), en que la Cristiandad hispánica venció y asestó un duro golpe, casi mortal, a los musulmanes almohades, el rey Pedro II, fortalecido anímica, moral y espiritualmente, regresó a su reino. Y, aproximadamente, un año después, en septiembre de 1213, el monarca aragonés, al frente de su ejército y del de los condes de Toulouse, Foix y Comminges, ponía sitio a Muret, población situada a escasa distancia de Toulouse por el sur y en el mismo curso del río Garona. De Montfort, al tener noticias de la presencia del rey de Aragón en las tierras del condado de Toulouse, acudió todo lo rápido que pudo con un ejército ya renovado y bien armado. En el ataque, que tuvo lugar a las afueras de la ciudad, entre los ejércitos del rey de Aragón y del caballero cruzado, el rey Pedro II de Aragón se llevó la peor parte porque, en medio de una auténtica batalla campal, resultó muerto y todo su ejército se vio presa del pánico.

Las batallas contra los cátaros continuaron librándose hasta el año 1255 en que cayó la fortaleza de Quéribus, pero la muerte del rey Pedro II de Aragón tuvo unas consecuencias trágicas para el destino de la Corona de Aragón en los territorios del sur de Francia.

NOTAS.-

(1) La bailía era una división de los territorios realizada por la autoridad real aragonesa.

(2) Philippe II Auguste, sucedió en 1180, a los quince años de edad, a su padre Louis VII como rey y gobernó hasta su muerte en julio de 1223. Cuando llegó al poder, Philippe II era, más bien, el rey de la Isle de France, una región que se correspondía con la ciudad de París y su territorio de influencia, pero al finalizar su reinado, toda Francia estaba prácticamente unificada. Conquistó Tournai al condado de Flandes en 1187 y participó en la Tercera Cruzada junto con Richard I de Inglaterra (Ricardo Corazón de León), regresando a Francia después de la caída y capitulación de Accra. Tras la muerte del conde Philippe de Flandes en 1197, tomó el control sobre Artois y Vermandois y fue candidato al trono imperial. A John I de Inglaterra le arrebató Normandía en 1204 y en 1214 derrotó a una coalición formada por Flandes, Inglaterra y el Sacro Imperio en la famosa Batalla de Bouvines. Philippe II es uno de los monarcas medievales europeos más admirados, no sólo por sus importantes victorias militares sino, también, porque supo recuperar el prestigio de la monarquía e implantar un nuevo orden feudal presidido por la corona.

(3) John I de Inglaterra fue hijo de Henry II de Inglaterra y hermano y sucesor de Richard I Coeur de Lion. Fue rey de Inglaterra entre los años 1119 y 1216 y, tradicionalmente, ha sido considerado como uno de los reyes más desastrosos de la todos los tiempos. En su propio reino se ganó el apodo de Bad King John, y en Francia, y también en España, se le conoce como Jean sans Terre o Juan sin Tierra. William Shakespeare escribió la obra “The life and Death of King John” en la que se presenta al rey inglés como muy independiente de los deseos e intereses del Papa.

 BIBLIOGRAFÍA.-

Historia de España (dirigida por Manuel Tuñón de Lara), Editorial Labor, S.A., Barcelona 1984, Tomo III, España musulmana (siglos VIII-XV), Rachel Arié.

Historia de España (dirigida por Manuel Tuñón de Lara), Editorial Labor, S.A., Barcelona 1984, Tomo IV, Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, Julio Valdeón, José Mª Salrach y Javier Zabalo.

Historia de España (dirigida por Manuel Tuñón de Lara) Ed. Labor, Barcelona, 1984, Tomo XI, Textos y documentos de historia antigua, media y moderna hasta el siglo XVII, textos seleccionados por varios autores.

Historia general de la Alta Edad Media, Editorial Mayfe, 1984, José Antonio García de Cortázar y Ruiz de Aguirre.

Historia de la Edad Media, Ariel Historia, 1992, S. Claramunt, E. Portela, M. González y E. Mitre.

Atlas histórico de España y Portugal, Julio López-Davalillo Larrea, Ed. Síntesis, S.A., Madrid, 2000.

ENLACES INTERNET:

http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_II_de_Arag%C3%B3n

http://fr.wikipedia.org/wiki/Croisade_des_Albigeois

http://xenophongroup.com/montjoie/albigens.htm

http://www.voltaire-integral.com/Html/11/11ESS_72.html#i62

http://fr.wikipedia.org/wiki/Ch%C3%A2teau_de_Monts%C3%A9gur

Por Francisco Martínez Iranzo.

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3 comentarios en “El valle de Arán en la época de Pedro II de Aragón.

  1. Hola, Antonio. Lo que dices sobre mi tesón tiene justificación: me crié en la CIA EE de Viella, jejeje…
    Es cierto lo que dices sobre la ocupación favorita de los mandatarios en la Edad Media y en las demás épocas anteriores y posteriores. Los campos de España y de toda Europa están abonados con la sangre y los cuerpos de millones de muertos por culpa de los millares de guerras y crímenes que han asolado nuestra historia. Ahora hemos llegado a un punto en el que, gracias a la cultura y al progreso que hemos adquirido con los siglos, somos capaces de ser tolerantes y permisivos con otras culturas más totalitarias, más pobres y más machistas que la nuestra. Pero lo que a mi me preocupa (y me preocupa por mis hijos y por su futuro) es si esas otras culturas están capacitadas para ser también tolerantes con nosotros mismos o no. Es la duda que tengo. Pero sí, estoy de acuerdo contigo.

  2. Hola Francisco, veo que tu teson no tiene limite y que continuas trabajando en el tema, por lo que te felicito especialmente.
    Despues de la lectura del articulo sacas como conclusion global que en esas epocas parece que la ocupacion principal de los mandatarioos era la de las guerras y el dominio de tierras, creo que deberiamos de aprender mucho de esto y dedicar nuestros esfuerzos al trabajo, progreso y a mantener los valores tanto personales como familiares.
    Gracias Francisco y un abrazo muy grande

  3. Hola, amigos. Aquí va otra entrega de la historia del Valle, en este caso, y siguiendo el orden cronológico, de la época del rey Pedro II de Aragón. De este período hay pocos datos sobre el Valle de Arán, pero aquí tienen lugar los brutales acontecimientos de la Cruzada contra los cátaros (la Cruzada albigense) en el sur de Francia. Por proximidad, estos hechos pudieron haber salpicado algo al Valle, pero no he podido encontrar ningún dato al respecto. Sin embargo, no deja de ser un tema interesante, creo.

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